El pasado sábado 18 de Marzo, viajé a LLança, una población de la costa de Gerona, en pleno Empordà. El motivo era la presentación de un libro dedicado a uno de nuestros más emblemáticos artistas, Josep Martinez Lozano y su título “Viure per pintar” (Vivir para pintar).

Este pintor tiene una significación muy especial para nuestra Galería pues fue él, en 1986, el que abrió la larga serie de exposiciones que durante 30 años hemos realizado y en cierto modo hasta su muerte en 2006, fue nuestro autor de referencia. Toda una institución para nosotros.

El libro, uno más en la larga lista de libros dedicados a su obra, no tiene nada de particular. Un paseo por su vida y su obra, con algunas curiosidades fotográficas encontradas en su estudio que han salido a la luz gracias al proceso de catalogación que se está llevando a cabo en el mismo. Pero el acto en sí no dejo de ser sumamente emotivo para nosotros, sobre todo para nuestra directora que tantos ratos paso con él a solas, conversando y algunas veces, por qué no decirlo, discutiendo sobre nuevos proyectos y exposiciones.

Martinez Lozano, “Pepe” para todos los que le conocieron, fue un gran pintor, pero, como acuarelista quizás fue de los mejores que ha tenido este país en el siglo XX. Defensor de esta técnica tan maltratada por casi todo el mundo, consiguió al final de su vida que su sueño, el Museo de la Acuarela fuera una realidad.

Pero al terminar el acto, el pensamiento se me fue más allá del significado intrínseco del mismo. Me hizo recordar unos años en que la pintura era una parte importante en la vida de la gente. Unos años en que el público se interesaba por nuestros artistas y que en sus casas procuraba no sin esfuerzo, tener en sus paredes obras de calidad. Obras originales y con el gusto de cada cual, apreciar y disfrutar de la pintura en sus domicilios.

Unos años, en resumen, en que las Galerías de Arte mantenían una clientela fiel a sus artistas y que a su vez éstos podían vivir perfectamente de su trabajo pues la demanda era constante. Las décadas de los 70 y los 80 fueron la época dorada de la venta de obras de arte en las Galerías y los creadores eran admirados y respetados tanto por la gente como por la crítica que entonces, no como ahora, estaba al tanto de cualquier exposición que se llevara a cabo y escribía con sensatez y conocimiento de la misma. Cada inauguración era un pequeño acontecimiento para el público, era descubrir de nuevo al artista y su obra más reciente. Y por supuesto, intentar adquirir alguna pieza del autor favorito para poder tenerla y disfrutarla en casa.

Quizás, es verdad, la producción era a veces excesiva y muchas veces la calidad no era todo lo adecuada que cupiera desear, pero lo importante era el interés que la gente mostraba en conocer la pintura y a su creador.

El Quatre, de esa forma, pudo trabajar tanto con artistas consagrados como poco a poco ir introduciendo a nuevos artistas jóvenes que a la sombra y a remolque del tirón de aquellos, podían mostrar sus obras a los clientes habituales que a su vez descubrían a nuevos talentos que incorporar a su lista de preferencias. Nuevos creadores se iban añadiendo a la lista de autores de la Galería que de esa manera aseguraba la necesaria renovación generacional.

Pero, todo lo narrado, terminó un día y el interés por el Arte para el público en general dejó de existir. O al menos, ese atractivo tan especial que significaba tener una obra original de un artista vivo.

Más, lo que me hizo reflexionar, sobre todo, fue el olvido en que han caído toda aquella generación de pintores que consiguieron suscitar tanto interés y tanto movimiento en las Galerías de Arte durante todos aquellos años.

Nos queda la esperanza de que, dentro de unos años, su obra, la obra de aquellos extraordinarios artistas, vuelva a ser reconocida y admirada tanto por su calidad como por lo que significaron para el movimiento cultural de un país que no destaca especialmente por su nivel en ese sentido.

Para los que pensamos que el Arte es necesario para sobrevivir a la vida cotidiana esa esperanza en el futuro es una necesidad ineludible. Un sueño que tiene que hacerse realidad.