Tom Hardford hablaba por teléfono con su jefe.

Era hora de hacer balance de su trabajo en la Central durante estos últimos años. Licenciado en Bellas Artes por la  UCLA y especializado en Tasación y Mercado del Arte, había ido a parar a este trabajo por pura casualidad. Nunca pensó desde luego, que sus conocimientos servirían para el fin que habían tenido en estos diez años.

Tras unas breves pero alentadoras palabras de elogio y felicitación por su trabajo, Mister Smith, que así se hacía llamar su superior al que, por cierto no había visto nunca en persona, éste le anunció el fin de su labor. Había llegado el momento de terminar con la historia y con ello convertirla en mito.

Colgó el teléfono y Tom se quedó con la vista perdida en el vacío.

Que rápido, ahora que recapacitaba, había pasado todo.

Diez años atrás un tipo entabló conversación con él en un bar al que acudía a menudo, de su pasión. El Arte. Parecía saber de que iba el tema y la conversación derivó hacia el arte de la posguerra y sin saber como, a la propaganda encubierta del gobierno  de la Unión Soviética para ensalzar los nuevos movimientos que había impuesto el Estado para ensalzar las virtudes de la revolución socialista. Era un modo muy eficaz de publicidad. En plena guerra fría, cualquier medio, en cualquier aspecto, valía para ganar la batalla.

Al final de la velada y tras Tom explicarle que estaba sin trabajo fijo, que la tasación de obras era su especialidad y que se dedicaba a pasearse por los estudios de los pintores jóvenes a ver que novedades encontraba con el sueño de convertirse en marchante de alguno de ellos, el tipo aquel le invitó a volverse a ver unos días después.

Cuando volvieron a encontrarse, vino acompañado de otro sujeto que tras saludarlo entró en materia rápidamente. La explicación era simple, conocía a un pintor joven que aunque había empezado retratando las imágenes más tópicas de la vida de la América profunda y tradicional en una corriente artística inspirada en el que había sido su maestro Thomas Hart Benton, el American Regionalism, gracias al alcohol y a una personalidad voluble y fácilmente encaminada a la depresión, pintaba ahora de una forma completamente diferente.

En resumen se trataba de colocarlo en la cima del arte contemporáneo en América y de paso en todo el mundo occidental.

En esos años había pasado de todo y en una espiral increíble aquel artista pasó a firmar contrato con Peggy Guggenheim , salir en la revista Life que lo consideró “acaso el artista con vida más grande de los Estados Unidos” y en definitiva, crear una nueva corriente de nominada “Action painting”.

Su obra realizada fuera del caballete tradicional, en el suelo y aplicada con cualquier cosa excepto pinceles se convirtió en una revolución, en realidad era todo su cuerpo el que definía lo que pintaba. Hasta los físicos y matemáticos estudiaban y describían las líneas enrevesadas de sus obras buscando la Teoría del Caos.

Se había casado con  Lee Krasner una representante significada del “expresionismo abstracto” y su relación había sido de todo menos aburrida.

En fin Hardford, nuestro protagonista, había hecho un trabajo perfecto.

Dejó a un lado sus pensamientos. Tendría que aterrizar suavemente en una nueva etapa de su vida. Era necesario volver a la realidad cotidiana. Pero durante un instante le volvieron a la mente las últimas palabras de su “jefe”, -convertirlo en un mito-.

Tom Hardford reanudó sus visitas al bar de siempre. La radio estaba encendida y se oía la voz del locutor dando las noticias de la noche.

“Esta noche a las 22,15 horas un Oldsmobile convertible ha tenido un grave accidente en la  estatal 27. Lo conducía el conocido pintor Jackson Pollock parece ser, que bajo los efectos del  alcohol. El resultado ha sido la muerte del artista y de su compañero Edith Metzger. La también artista  Ruth Kligman ha resultado ilesa. Estamos a la espera de poderles dar más detalles sobre este penoso suceso en nuestro próximo boletín de noticias”