Pasear por el Rastro los domingos no tiene nada de particular. Mucha gente lo hace. Pero la mayoría miran sin ver. Se detienen allí y allá, se sorprenden de la cantidad de cachivaches y objetos variados que observan, pero en realidad, no hacen más que pasar la mañana sin más.

Julio Ormaetxea no era de esos, era verdad que se pasaba todos los domingos por dicho mercadillo, pero él si tenía un objetivo y para ello limitaba sus paseos de rastreo por una única calle, la de San Cayetano, dentro del Rastro, esa calle es la especializada en todo tipo de artículos para pintura y por supuesto cantidad de cuadros que, recogidos de aquí y de allá, son una muestra extraordinariamente variada del arte más vulgar y horrible.

Julio regentaba una pequeña tienda en la calle del Desengaño, concretamente en el número 10 dedicada al enmarcado de cuadros y en cierto modo también a la restauración. Hacía unos años había venido desde su Soria natal, donde había aprendido el oficio, a Madrid, en busca de como tantos otros, abrir negocio propio en una ciudad grande y con mayores posibilidades. Encontró ese local por casualidad en el barrio de Chueca y tras tratar con el propietario, obtuvo el alquiler por un precio razonable en una de las zonas más de moda de la capital.

Y no podía quejarse, el negocio funcionaba, y si bien era verdad que la enmarcación de Arte iba en declive, la fotografía, los carteles publicitarios “antiguos” adquiridos en grandes almacenes o los “souvenirs” de viajes exóticos, suplían con creces esa carencia.

Sus paseos por el Rastro pues, tenían una cierta relación con su negocio, buscaba cualquier cosa que una vez remozada y enmarcada llamara la atención del tipo de cliente que ahora tenía. Jóvenes parejas de cualquier tipo, con buena posición y actitud muy a la “última” que decoraban su nuevo piso con un estilo que ahora denominaban “vintage”.

Aquel día había tenido suerte, encontró entre un montón de grabados de época indeterminada uno que le llamó la atención. Era en blanco y negro y parecía bastante antiguo a tenor de las manchas amarillas que tenía en los bordes del papel. Representaba una escena muy graciosa donde dos hombres se enfrentaban llevando a hombros a dos asnos. Debajo y escrito en redondilla una frase “Tu que no puedes”. Arriba a la derecha un número 42. Parecía éste ser, un número de serie. Pago los 10 euros al tipo de la tienda y marchó satisfecho para su casa.

Al día siguiente llegó a su tienda con el grabado bajo el brazo. Al dejarlo encima de otros tantos papeles dispuestos para enmarcar éste resbalo y cayó al suelo por la parte contraria a la imagen. Julio se dio entonces cuenta de que había un párrafo escrito medio borrado, pero perfectamente legible donde podía leerse.

“Número 42 de 80 aguafuertes de la serie titulada “Los caprichos” que ha dejado en depósito mi vecino Don Paco en la calle del Desengaño número 10 para su venta en mi perfumería”

A menudo se dice que los objetos tienen vida propia o al menos se resisten a olvidar los sitios donde estuvieron.

En este caso parece que fue verdad. Goya había retirado al poco tiempo de poner a la venta en la perfumería de su amigo y vecino Don Leandro Cifuentes esa serie de aguafuertes por miedo a la Inquisición, por su carácter burlesco y satírico. Durante años estuvieron desparecidos y, de hecho, algunos de ellos, lo siguen estando aún.

Goya_-_Caprichos_(42)