El “uroboros” es un animal imaginado por la humanidad desde hace más de 3.000 años y representado en distintas formas por todas las civilizaciones. De aspecto normalmente alargado, como un gusano, una serpiente o un dragón, es una criatura que se devora a sí misma. Representa en cierto modo la continua repetición de los ciclos naturales y porque no, de los ciclos históricos.

Adolf Ziegler, en su retiro de Varnhalt y durante los últimos años de su vida, pensaba a menudo en ese concepto. Su vida misma había sido una prueba real de la existencia de dicho ser. Como había podido creer en la existencia de un régimen, de un modelo político, de un Reich inmortal ¡

Cuando era joven y todavía tenía ideales, estudió Bellas Artes en Munich. Aprendió la técnica y se posicionó en un modelo pictórico clásico. Admiraba a los clásicos, admiraba el arte realista de griegos y romanos. La Gran Guerra trunco sus estudios, pero al volver de ella acabó siendo profesor en su propia Academia.

El Arte de entreguerras en Alemania y en toda Europa tomaba unos derroteros muy distintos a los que él tenía como ideal de belleza. A su alrededor artistas como Otto Dix o Paul Klee presentaban unos trabajos que se alejaban totalmente de su concepto de Arte. Las obras de éstos, no pretendían transmitir el placer al observarlas, sino que iban más allá de la propia estética y se convertían en sarcásticas y denunciadoras de una situación caótica en un país totalmente hundido y en bancarrota.

Adolf Ziegler consideraba que ese no era el camino ni el deber del Arte y conoció los criterios de un nuevo partido, el Nacionalsocialista. En él se ensalzaban los valores del pueblo alemán y su capacidad de salir de aquella situación tan frustrante. Y acabó conociendo personalmente a su líder, a Adolf Hitler y éste lo hizo su asesor artístico y nuestro personaje se convirtió en una pieza vital, cuando aquel subió al poder, del aparato de propaganda.

Ahora ensimismado en sus pensamientos, hojeaba sus revistas de Arte, el único contacto que tenía con el mundo al que había dedicado toda su vida. En 1958, aquellas vanguardias que tanto había maldecido y perseguido llenaban las paredes de Galería y Museos. Su obra que tras la guerra había sido esparcida por diferentes lugares. Incluso, aquella denominada “Los cuatro elementos” que Hitler personalmente había adquirido, dormía el sueño de los justos en una pequeña Galería de Arte de Hamburgo. Su intento de hacer una exposición hacía unos años haciéndose pasar por un joven artista judío a propuesta de un galerista al que había dado lástima, también había sido un fracaso.

De todos modos, pensaba, en el fondo, había tenido suerte. Al terminar la guerra, él, el organizador de la exposición de Arte degenerado en la Haus der Kuns de Munich. El hombre que había confiscado e incluso destruido, el Arte de Vanguardia alemán de entreguerras, había salido indemne del Apocalipsis.

Pero veía, que el mito del “uroboros” se había convertido otra vez, en una realidad que él mismo había vivido.