Ante tal encargo hay que tener una forma especial de enfocar la vida. Y él… la tenía.

Durante una temporada, había vivido en Londres, en casa de una viuda anciana, bueno en su casa no, en el invernadero del jardín. Había dejado en Barcelona a su mujer y a sus dos hijas de corta edad, buscando nuevos temas que pintar y a su vez, promoción en un país con fama de nivel cultural elevado. Había marchado sin un céntimo pero su carácter extrovertido y su obra, le habían ido abriendo puertas hasta llegar a ser conocido.

Ahora de vuelta a casa, su amigo le pedía ese favor. Una locura más. Y esta vez de las grandes.

Salvador, cuando venía a Barcelona, se hospedaba en el Gran Hotel Ritz. En una gran  suite que siempre estaba a su disposición en la primera planta

Aunque solo era un piso, subir un caballo hasta él, aunque fuera disecado, tenía su dificultad.

Pero el primer problema era encontrar tal objeto.

Joan, que había vivido durante algún tiempo en un piso de la Plaza Real con su maestro Pellicer, recordó de pronto, que el mejor taxidermista de la Ciudad estaba en esa plaza.

Al llegar a la tienda y hacer su pedido Lluis Soler, el dueño del local, aunque parezca mentira, ni se inmutó. Estaba acostumbrado a todo tipo de encargos y le pareció de lo más normal el de un caballo disecado.

Hasta una vez, había trabajado con un rinoceronte.

Al cabo de unos días, al borde del ataque cardíaco, el recepcionista del Gran Hotel Ritz de Barcelona, veía entrar por la puerta del hotel un gran caballo blanco que, cuatro operarios no sin gran esfuerzo, subieron a la suite de Salvador Dalí.

 

Joan Abelló había cumplido con el encargo de su amigo.

Hoy los dos artistas ya desaparecidos, tienen algo más en común aparte de su amistad.

El honor de  tener dedicado un Museo cada uno, a la exposición de su obra.

P.D.Este escrito es un pequeño homenaje a Joan Abelló, protagonista de esta anécdota, artista emblemático de nuestra Galería desde sus principios y que nos contó él mismo, de primera mano, esta curiosa historia.